lunes, 16 de enero de 2012

El novelista


El novelista está sentado en un bar, como acostumbra. Se pide un trago fuerte, para ir desinhibiendo las pasiones. De fondo se desangra una guitarra llorando un blues añejo, un par de viejos se conversan en la barra, un cartel mugriento pide que no se fume, y dos amantes se esquivan las miradas, varias mesas más atrás.
Apagado y frio, el bar se va convirtiendo en la escena principal de su novela, y casi sin quererlo los personajes van entrando en juego.
Los viejos hablan de amores perdidos, fantasea el novelista en sus escritos, mientras en un abrazo se estrechan los señores, agradeciéndose la compañía, y mirando al techo se sumergen en recuerdos.
Pero el novelista no se da cuenta, todavía. Su corazón herido y borracho se limita a derretir penas en el papel, a llorar sentimientos sobre esa historia, a pedirle explicaciones a sus propias ideas. Imagina un bar en silencio, donde el único sonido sea el chocar de los vasos contra la mesa. Levemente el volumen del blues va bajando, hasta callarse, como si estuviese atendiendo a lo que estaría por pasar. Los amantes se miran, por primera vez. El novelista escribe palabras de arrepentimiento.
Perdón, se que estuve mal – dice el hombre, a punto de quebrarse.
La mujer, y su respectivo personaje quedan en silencio. Cada una con su amante, comparten la historia, y el novelista quiere que compartan el destino, su destino.
Una de las mujeres grita, enojadísima, reprocha y reprocha cosas. El hombre se limita a pedir perdón una y otra vez, llorando. Ella también se quiebra, de rabia, toma un cuchillo y se lo clava en el pecho. Nadie en el bar mueve un pelo. Llorando, la mujer se va. El novelista se siente culpable, los ojos le quedan vidriosos.
Lentamente levanta la vista del papel, y ante su mirada atónita, los amantes se están comiendo en un beso dulce y pasional.
El lápiz cae al suelo, la novela termina.
Las historias con distintos personajes, nunca terminan igual.