miércoles, 21 de diciembre de 2011

Epico


El escudo en una mano y la lanza en la otra. No cesa la batalla. Duelen las heridas, duelen un montón. Arde el sudor, pesa la armadura. No aguantarías un solo golpe más. En un desaforado empujón te abrís espacio, y miras hacia adelante. Ahí está tu líder. Ese ser sobrenatural, que es más grande que todos, más puro, mas fuerte. Brilla su armadura, pega sus golpes cargados de coraje, valentía. Se da vuelta y te mira, y ese gesto basta. Basta para curar tus heridas, basta para borrarte el cansancio, basta para quitarle al mundo el peso de tus hombros. Y de algún misterioso lugar, vuelve la fuerza, vuelven las ganas, de seguir en la batalla. Porque no hay honor comparado a luchar a su lado, no hay vergüenza suficiente que explique abandonar la lucha en el bando de semejante ser. No hay orgullo más grande que sentirlo palmar tu espalda cuando cae la noche, o poner dos monedas en tus ojos, si así lo requiere la situación.

Se logra seguir, se logra dejar todo en el campo, y cae la noche. Y termina el esfuerzo, por hoy al menos. Miras al piso, ves tu sangre caer y mezclarse con la arena. Vale la pena, por esa palmada, por ese saludo final, todo vale la pena. Pero esta vez no llega. Y pasa el rato, y no llega. Buscas la seguridad de sus ojos en los alrededores. Pero no aparece. Sin embargo un leve sonido extraño te perturba los oídos. Como un sollozo. Lo seguís hasta unos árboles, al costado del campo, y entonces lo ves. Ahí está el, derrotado, vencido, cansado, adolorido, llorando de dolor. Con una mano se agarra la herida en el pecho, y con la otra trata de vendársela. Esta destruido, como lo hemos estado todos nosotros estos días. Nunca nadie se dio cuenta. Le das una mano y te lo llevas en andas. No habrá palmada hoy. No habrá. Sin embargo, se siente más que nunca la valentía, el coraje, el honor, de luchar a su lado.