lunes, 12 de septiembre de 2011

Diarios del estudiante


Recomendable leer escuchando

Para una cierta fracción de la población existe, en la vida, un gran punto de inflexión. Lo sé| porque me toco. Dejar toda la infancia atrás, y con tu mejor cara de tipo serio encarar otra ciudad, otra realidad, otra vida. Vida nueva, sin los mas granes pilares de lo que venia siendo la realidad, sin la familia, sin los amigos, sin la armonía vieja y querida que nos acompaña desde la niñez, y es un vacio que queda en el pecho que no se llena con nada. Cuando mas duelen los días, cuanto más frías son las noches, ese vacío crece y se convierte en un nudo en la garganta.
Solía salir del liceo y pasar por tres cruces, a esperar el interdepartamental a solymar. Pasaban siempre los grandes ómnibus, los grosos, los que bancan muchos kilómetros, los que van lejos, tan lejos que llegan a casa. Más de una vez me fui con los ojos vidriosos a la nueva casa, tratando de entender este nuevo mundo.
Cada tanto el sol salía más brillante, y me guiñaba el ojo desde el horizonte. Ese inter no me traería devuelta hasta el domingo. Las clases volaban, no prestaba atención a nada más que el reloj. Hasta pedía salir 5 minutos antes para quedarme ahí, en el andén, más temprano, esperándolo llegar. Ese sí que me bancaba, doblaba por la esquina de la parada, y otros yo me miraban desde ahí, con los ojos tristes, y ya me sentía en casa. Llegaba de noche, y todo parecía tan igual, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero si, no era lo mismo. Avanzado en el tiempo el pueblo ya no me conocía, y yo no lo conocía a él. Y otra vez no me sentía en casa. Hasta que de a poco, se empezaba a extrañar esa casucha en la costa de oro, el inter, la mañana, la soledad, y hasta la vida que tanto odiaba.