martes, 20 de marzo de 2012

Los portadores de luz



Desde chicos los agarran. Con las mentes flácidas, vulnerables, moldeables. Con la paciencia y dedicación de un orfebre del mejor calibre, logran forjales ese carácter de campeón, ese pecho firme, esas caras que no tienen miedo, esas frentes que no bajan ante nada, esas alas que no temen volar alrededor del sol. Y así arrancan ellos, volando cada vez más alto, aunque solo sean centímetros, kilómetros te dirán que son. Ven caer las gotas de su frente, pero no es sudor, no, es orgullo lo que corre por sus mejillas. Los portadores de luz van por la vida desbordando colorido, sobrevuelan el trillo de los tímidos paseantes, que sin muchos anhelos viven los días jodidos, se quejan de la demora de los ómnibus, y de lo mucho que falta para cobrar el sueldo. Ellos, sin embargo, ignorantes de la vida allá abajo, van soplando su mágico polvo de laureles, éxitos y felicidad, (casi sin saber lo que eso significa), pincelan las calles con sueños que casi son realidades, es una feliz coreografía verlos volar por entre las nubes. En su juvenil mirada cargan con más ilusiones de la que en tu vida llegarás a tener. No dan corte a los problemas de los mortales, te muestran la felicidad de la vida que llevarán, de éxitos y logros increíbles. Es hermoso, y envidiable, tener la suerte de poderlos ver.

¿Nunca tuviste la suerte de conversar con un portador de luz? Casi sin quererlo entran en tu alma, te la llenan de colores, guirnaldas, esperanzas y sueños, que olvidaste que tenías. Se te desvanecen los problemas, el tiempo se desdobla, y el futuro es hoy, y la montaña de la vida se dibuja de tus pies hacia abajo, hasta parece, que te falta el aire, de tan alto que estás. Pero, como toda droga es traicionera, antes de que te des cuenta, se va ese enceguecedor faro de alegría, quedan solamente ecos de esa voz que te hacia levitar por entre los cielos y la montaña a tus pies se convierte en vacio y caes, caes y caes y seguís cayendo, hasta el lugar exacto donde estabas. Lo que no es malo, para nada, pero luego de tocar el cielo con las manos, la tierra es un lugar casi deprimente. Los sueños que tuviste en la mano se vuelven a romper, las glorias que colgaban de tu pecho se caen y se desvanecen, y la realidad emerge desde su escondite y te abraza (te extrañó, pobre, si la dejaste de lado como a un chiche viejo) y sin quererlo, tú misma realidad de hace un rato, te gusta menos.

Que tipos de mierda los portadores de luz.

Pero mientras vos puteas su existencia, ellos envidian la tuya. Hoy no, mañana tampoco, pero los portadores de luz están condenados. Cargar el brillo que ilumina a la humanidad que camina por debajo los ciega, y el mínimo pretil en el camino se convierte en una muralla, infranqueable, impenetrable, y se dan. De frente y sin anestesia. Se quiebra en mil pedazos el faro, y así quedan, tumbados, mareados y cegados. Al costado de la vía, donde los paseantes inmunes caminan mirando sólo hacia adelante, a veces hasta con miradas de desprecio hacia los cuerpos tendidos. Se levanta alguno, de vez en cuando, con la ayuda de algún mortal, que le limpia los vidrios rotos, le cambia los ojos quemados, y le enseña a ver, con los ojos de caminante. Y poco a poco los resucitados, emprenden la marcha eterna, de la lucha y el esfuerzo, de los objetivos claros, de los sueños para la noche y la realidad para el día, de esperar alguna noticia en el diario, seguir atentos alguna otra en el informativo, de preguntar como salió aquel cuadrito del barrio, a preguntar como esta de salud Doña García, y sobretodo aprenden a mirar con indiferencia, a esos focos de luz, que supieron ser, a esos seres de positivismo, que tuvieron dentro, y se limitan a una existencia mucho más simple, pero mucho más placentera, sabiendo ahora sí, lo que significa ser feliz, y lo cerca que queda. Lo lindo de las cosas simples, la recompensa de seguir los sueños desde abajo, y el orgullo de enseñarle a un hijo, a caminar siempre, y a no volar nunca.