miércoles, 16 de noviembre de 2011

Filosofía al pasar


Una vez un tipo me quiso vender un reloj. No se atrasa, decía, que no iba a llegar a ningún lado tarde. Me puse a pensar en lo rebelde que es el tiempo. A veces una mirada de un segundo dura horas, y a veces una conversación de horas dura un segundo. La gente no debería encarcelar al tiempo, le dije. Que me deje de bobadas, si quiero el reloj que lo compre, y si no, que deje de perder su tiempo, contesta. Argumento que los días son relativos, relativos a la vivencia que uno les imprime. Si demora mucho en terminar tu día, es que el tiempo te está dando más lugar a que vivas. Por el contrario si te estás sobrepasando de locuras, es hora de que te duermas. Y con eso basta. Susurra algo sobre el oficio de mama, que no le rompa las bolas, se da vuelta y conversa con otro ojeador. No me molesta, total, no soy yo el que pierde el tiempo. Arranco a caminar, y saco mi reloj pulsera. Acelero el paso, pucha, estoy llegando tarde.