sábado, 18 de enero de 2014

Tachoneado con birome

Abrió el editor de texto y comenzó a escribir. Nada en particular, solo palabras que se le venían a la mente, una detrás de la otra, una interminable coreografía de dedos que danzan sobre las teclas, tratando de seducir la atención de la vista, que no se aparta de la pantalla. Una voz lee lo escrito en su cabeza, cada vez de manera más apresurada, como si se fuese quedando sin aire. Uf, un punto, un descanso al fin. Revisa la ortografía y corrige con un simple click las palabras subrayadas en rojo. Decidió continuar, no muy convencido de lo que venía haciendo. Extrañamente no pasaba nada por su cabeza, era como si las palabras estuvieran allí, en algún lugar, y solo salían. Sin decir nada, sin significar nada. Un psicólogo diría que sí, que quizá, que el inconsciente tendría ganas de decir algo a través de la nada, que fíjate, que esto que lo otro, que contame de tu infancia, tu papa te quiere?  Pero la verdad, no estaba con ganas de ahondar en ese pensamiento. Volvió al blanco mental mientras las palabras seguían saliendo. Sin esfuerzo, casi. Como si se quitaran las ganas de hacer algo que hacía meses (años quizá) no hacían, salir. Como si la cabeza fuese un globo lleno de agua y el teclado el culpable del pinchazo que lo desagota de a poco.

Otra pausa, más larga, cambio de párrafo. En el periodo de transición mira el ventilador, es insuficientemente chico para el calor que hace. Mira la ventana, la noche, sin brisa, con más calor aun. Pareciera que las palabras dejaron de salir, como si la urgencia hubiese sido saciada y la velocidad del escape ahora disminuye, hasta se da el lujo de parar por segundos. Titila el posicionador del editor de texto, impaciente. Ya van a venir más palabras, tranquilo mijo.

Enter, párrafo, nuevas palabras que salen, relacionadas si con el párrafo anterior pero no tanto como para ser compatriotas, aunque quiza si vecinas.  Algún esbozo de que el texto instantáneo cobra sentido lo desconcentra, no, no quiere eso, quiere volver a escribir con la mente en blanco. Es como un medio de relajación cerebral por medio de la escritura. No no no, se está metiendo con el análisis de la situación, esas complejidades mentales están por fuera del ejercicio actual, fuera, vuelvan al inconsciente donde bien las dejo encerradas Sigmund hace años. Shu shu, juirabicho.

Visualiza ahora a Boceto, aquel personaje de Cartas Marcadas. Cómo será su físico, su mente, ¿estará condenado a expresarse siempre de esa manera, por alguna especie de maleficio, o lo hará de desinteresado nomas como si fuera una de esas locuras de las grandes mentes de la humanidad? ¿Están siendo estas palabras un intento de parecerse a un discurso de Boceto? ¿Está el mismo intentando encarnar al ficticio personaje? Otra vez ideas estructuradas, mejor cambiar de párrafo antes de que esto se vuelva otra vez un psicoanálisis de uno mismo.

Va a tener que terminar pronto, sin dudas, esto se está extendiendo más de lo debido y donde debía haber nada ahora hay hilos de pensamiento dispuestos a ser recorridos. Hoy no, el juego es otro. Se desprenden las últimas palabras de cierre, tratando de ir pasando raya y concluyendo aquellas primeras.

Párrafo final. Cierre. Corrige la ortografía, revisa una vez, y otra vez, y ooootra vez el texto completo. Aborta cada vez que un pensamiento –o al menos un intento de pensamiento – le acecha. Se rasca la barbilla, guarda el documento y lo sube a internet. A ver qué piensan los demás.

Ah! Casi se olvida del punto final.

Listo

viernes, 15 de marzo de 2013

Pescador


Todos los veranos íbamos a la misma casucha. Era un rancho con techo de paja, puertas viejas de madera y olor a humedad. No había televisión ni radio, estaba aislado del mundo. Casi que literalmente, ya que para ver a otro ser humano, había que mirar lejos en el horizonte y buscar entre los cuatro rumbos. En otras palabras, era aburridísimo. A la milésima mano de truco uno ya quería volver a estar en sociedad, a estar estresado otra vez. Supongo que es la enfermedad que tenemos los citadinos, somos dependientes de lo artificial.
Ya a la cuarta o quinta vez, me limitaba a pasarme las tardes a la orilla de un lago que había, a un ratito a pie del rancho. Leía mucho, me distraía imaginando cosas que era imposible que pasaran en ese pedazo de nada. Imaginaba que era un pescador, que tenía un pequeño barco de madera, y pescaba sin carnada, solo dejaba la caña tendida para que los peces no se sintieran tan solos como yo. Imaginaba también que sería de ese otro yo pescador, como habría crecido allí en el medio de la nada, o que situación me habría llevado a establecerme allí. Por alguna razón nunca pensé un fundamento para lo de la caña sin carnada, hasta allí llegaría mi locura supongo. O quizás no era el límite de mi locura y si el de mi imaginación.
Resulto ser lo último, descubrí una tarde. En realidad no imaginaba a un hombre pescando, lo veía a diario. Tarde tras tarde, allí, estático. Nunca un movimiento, solo estaba. Jamás lo vi pescar algo, solo era parte del paisaje.
Comencé a ir más temprano, y a quedarme hasta más tarde, tenía que verlo moverse, remar, bailar, nose, hacer algo. En algún momento volvería a su casa, para volver al otro día, aunque no parecía serlo. Era como si hubiese decidido ser parte de la vista, ser una sombra más en el horizonte.
Un día me quede hasta la noche y lo vi moverse, me temblaban las manos. El hombre se movía, estaba seguro, pero una parte de mi pensaba que no podía ser y que debía ser una ilusión óptica. Comencé a bordear el lago, a ver si conseguía algo más. Al rato de deambular comencé a escuchar una interrupción en el silencio, como un chapoteo. Remaba. Seguí caminando hasta donde creía que iba a desembarcar y lo espere. Era tarde cuando llego a la orilla, estaba oscuro. Yo no quería y a la vez quería que me notara. No lo hizo. Amarro el bote a un árbol que parecía nacido con ese propósito y se fue, sin regalarme siquiera una mirada, un gesto, nada.
Años después, en una charla de boliche con unos compañeros de clase, copas de por medio, comente el suceso. Da la casualidad que uno de ellos, era de la zona (o su padre era y visitaba seguido, el alcohol borro parte del recuerdo) y me conto toda la historia.
Resulta que el hombre vivía en Montevideo, con su mujer. Trabajador incansable, y cansado del apuro capitalino, le prometió a ella comprarle una casa en ningún lugar, donde el amor del uno al otro fuera lo único que moviera los días, al ritmo que quisieran. Los años pasaron y ese sueño era lo único en que pensaba, horas extra, trabajos de momento, ocupaban su tiempo. Ella siempre lo esperaba despierta, paciente como siempre fue, y le sonreía cuando llegaba. Se acostaba muerto de cansado, y al levantarse ella le tenía pronto el café de la mañana, pero casi nunca compartían la mesa, por que aprovechaba hasta el último minuto de sueño.
Años después al final, compro la casa y se fueron ambos, jubilación de por medio, a vivir el sueño de la vida. Pero la casa no era perfecta, no era su sueño. Dedico su tiempo a ampliarle los pasillos, a construirle un balcón al lago, un jardín en el fondo y demás cosas para que fuera perfecta. Un día se le ocurrió que sería romántico salir a pasear en bote, así que construyo uno, sencillo, pequeño, una embarcación bastante endeble pero que los mantendría a flote a los dos, acurrucados. Cuando la tuvo pronta la llamo para mostrársela, pero no la pudo encontrar por ningún lado. No estaba pintando un paisaje en el balcón, ni cambiándole la tierra al jardín. Tampoco en la cocina ni en ningún lugar cerca de la casa.
Finalmente la encontró, sentada a la sombra, bajo un árbol que daba a su taller, lo había estado mirando trabajar todo este tiempo. La abrazo de atrás, esperando sorprenderla, pero ella no se inmuto. Es más, la encontró bastante fría para el calor del verano. Se dio cuenta de la triste realidad y cayó sobre el suelo a llorar a mares. Entre lágrimas miro todo lo que había construido para estar con ella, sin darse cuenta de que la dejaba sola, en procura de algo mejor para después. Tenía todo lo que quería para estar con ella y la había perdido en el transcurso. Miro el bote y remo lejos, de todo, con la cara llena de vergüenza, remo lejos en el lago, tan lejos como pudo. Y allí, solo, se sentó a llorar, tan lejos para que no lo viera ni escuchara llorar, y ella mientras, lo espera volver, paciente y serena, como siempre fue.

viernes, 15 de febrero de 2013

Enamorados


Desperto tarde, no había sonado el despertador. Ya eran casi las ocho. Refunfuño por lo bajo, y se dio apenas una ducha apurada, que no fue generosa ni con el jabón. Y eso que el profesor era dedicadisimo en la higiene personal.

La mañana transcurrió lenta y aburrida, típica de jueves. Un par de clases del ciclo básico, que las dio casi en piloto automático, sin casi pensar demasiado, para el en realidad era bastante sencillo.  Al final de la misma se quedo explicando a un par de jovenes algo sobre el tema del dia, y eso lo retraso para el almuerzo.

Almorzo solo, leyendo una revista un poco añeja ya, que siempre estaba boyando entre las mesas del comedor.

Paso la tarde en la oficina, ocupándose de sus asuntos administrativos, papeleos y demas. El dia en realidad fue bastante gris y sin sobresaltos.

El omnibus de vuelta le parecio eterno, bailando suavemente entre las paradas y las motos, que saturaban la calle de la hora pico.

La vereda estaba desierta, era tarde de partido. Vio un par de minutos en un televisor que decoraba la vidriera de una casa de electrodomesticos, pero el resultado adverso que llevaba el marcador le hizo seguir caminando.

Se acosto y tomo el despertador, buscando ajustar la alarma para el dia siguiente, y casi sin darse cuenta, miro el calendario. 14 de Febrero.

Es hoy - dijo - Mierda, me olvide, es hoy.

Se levanto, se vistio y salio.

Cuarentaycino minutos mas tarde, se paro frente a ella, con una rosa en la mano. Quiso decir muchas cosas, pero ella ya no lo escuchaba, Sabia que habia llegado tarde, sabia que se habia olvidado.

Perdon, amor. Si, ya se...ya se. Perdon. - dejo la rosa sobre la lapida, y sintio su mirada en algun lado.
 Apreto la mano, como si estuviese con ella, pero el frio de la noche se escurrio entre sus dedos.

Feliz dia...susurro mientras se daba vuelta, y se iba, convencido de que ya no tenia sentido. Se fue en silencio, y desaparecio entre la neblina.

Ella, mirandolo con su eterna paciencia, penso en decirle que el amor no muere, pero para eso ya tendria tiempo, cuando se vieran de vuelta.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Desde lejos, navidad

Se quedó mirando el vacío, a través de la gélida ventana. Afuera, los transeúntes marchaban cubiertos de en bufandas, abrigos y gorros de lana. El asfalto que ayer nomas era un gris oscuro, que resaltaba entre la villa de piedra, hoy apenas si se distinguía cubierto por el tenue velo de la nieve. Lenta y paulatinamente los diminutos copos de nieve caían, con la suavidad que caen las hojas en otoño, allá por Montevideo, sin prisa, hamacadas en la brisa, solo que ellos, mucho mas pequeños, hacían de ese descenso un jugueteo en espiral, alegrándose en su largo descenso hasta el suelo, o la cornisa de la ventana. En silencio miraba el vidrio, congelado, controlando las ganas de darle un golpecito a ver si se rompe.

- Excuse me, sir, your order…[1] - Quebrando el silencio un mozo le dejaba en la mesa una taza llena de un espeso chocolate humeante, y una delicada cucharita para el azúcar.

Agradeció con un gesto y volvió a sumirse en sus pensamientos. Pensó en la Ciudad Vieja, y en que salvando las distancias, Nueva York no es tan distinta a Montevideo.

El café en el que estaba era tranquilo, un par de parejas conversaban por lo bajo en una mesa, en otra unos señores de traje miraban ansiosos la hora mientras apuraban sus medialunas, y en el fondo, un flaco de barba tocaba algo en la guitarra, y recibía monedas en un gorro navideño que tenia a los pies de la butaca.
Se dejó llevar por el gorro a sus viejas navidades, de niño. Cuando en la tele solo pasaban nieve y mas nieve y en casa el calor no dejaba a uno abandonar la frescura del ventilador. Así que ahí estaba. Su primera blanca navidad, como las de la tele. Tomó a su salud un trago del chocolate, mientras al músico le llegaban un par de aplausos y monedas de los pocos que le estaban poniendo atención. Si, sin dudas estaba cumpliendo ese viejo sueño, vivir una blanca navidad.

El flaco de barba entonaba los versos “know you’re not alone, cuz i’m gonna make this place your home”[2]  y por ahí algunos se animaron a acompañar con palmas. Y unos tenues coros. Le llamo la atención cuan amena se había hecho, la simple comunión de unos de extraños, con solo un lugar, un café en común y se alegró. Y se sumo a las palmas. Hasta que sin darse cuenta, se sintió acompañado.

Pensó en su casa, que sola estaría en ese momento. Que oscura, que vacía, que quieta. Estática en el tiempo como él la había dejado antes de partir. En que distinta era esa existencia gris en el sucucho vacío de su hogar, y en el blanco café de la ciudad mas grande del mundo. En como era posible que a miles de kilómetros de su hogar, en una ciudad con millones de habitantes, se sintiera acompañado. Sin darse cuenta, se olvido que estaba sin ella. Y ella, dondequiera que estaba, mirándolo aprender una vez mas, sonrió.


[1] Disculpe señor, su orden
[2] Sabé que no estás solo, pues voy a hacer de este lugar, tu hogar (Home - Philip Philips)

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Hace pila que no escribía nada, estoy medio oxidado me parece, pero bueno, fue lo que salió. De a poco pretendo ir volviendo a escribir acá, asi que bueno, veremos.

Ah, y otra cosa,

A todos, Feliz Navidad.

lunes, 10 de septiembre de 2012

De Casualidad(es)


Las historias azarosas siempre son lindas de escuchar. Y de contar, mucho más. A tal punto esto que se maravillaban con las casualidades de su encuentro, y celebraban su amor, como un acto de derrota al azar. Algo tan complicado que era un premio en si mismo, y ellos mismos eran el trofeo al vencedor, la derrota a la casa, al orden cósmico de las historias.

A tal punto que empezaron por pura diversión, a adivinarse el futuro, leerse las manos, tirarse las cartas, toda acción posible que les confirmara las desventuras propias a las que estaban condenados a sufrir….por supuesto, si no se hubiesen encontrado. Y tal era esa pasión por confirmar su victoria contra el destino, que en la profunda búsqueda por más y más adivinaciones, los llevo una cruel y fría verdad.

Su destino ya estaba escrito, el encontrarse, por  “azar”, ya había sido previamente pautado.

Y para vengarse, decidieron improvisar.

(Ignorando, por supuesto,  que eso mismo era, lo que estaba puesto entre líneas. Porque claro, cuando uno consulta su futuro, la revelación misma, ya incluye de por si la consideración que el sujeto, pregunta por su futuro en un momento dado y eso condiciona sus futuras decisiones. En otras palabras, están destinados a conocer su destino)

Solo cuando comenzaron a creer que se amaban por libre albedrio, y no por imposición del show cósmico y de sus guionistas, empezaron a disfrutar plenamente de ser actores. Dejaron de lado el hedonismo de ser los falsos vencedores en un show sin competidores, y encontraron la felicidad y la satisfacción, en disfrutar juntos y no pensar en como sortear, lo que ya les correspondía, en vivir por vivir y quedarse en los momentos, sin buscar  tempranamente una salida a las situaciones venideras. Y recién ahí fueron felices. Pura y plenamente felices.

Ni cuenta se dieron, cuando les canto jaque mate el destino, pues estaban demasiado ocupados para ponerle atención. En ese ultimo momento, cuando ellos juntos, dejaron de darle importancia a todo lo que eran, y se convirtieron en todo lo que se querían, escribieron su propio final. Y esta vez no hubo nadie que notase, ni un solo testigo presencio, la derrota del azar, a manos del amor.

Desconocieron todos el final de esta historia, y quedaron hasta hoy convencidos, de que a la vida no hay con que entrarle. Será cuestión de tiempo, hasta que otros dos se den cuenta que no se trata de entrarle, sino de vivirla independientemente de lo demás.

jueves, 30 de agosto de 2012

Y punto.


Para una queridisima amiga de años, Lucia, que se niega a entender, que un amor no cura un corazón roto.


Los inundo la ilusión después del tercer café que compartieron juntos. Sus memorias de pareja siempre fueron los temas de conversación predilectos. Se miraban y en sus ojos se veían, como fueron años atrás. Con la misma alegría, el mismo ímpetu, los mismos sueños de estudiantes romanceros.

Se dejaron llevar por la corriente del enamoramiento, sin pensarlo, sin dudarlo, a sabiendas de que antes los había ahogado la falta de experiencia. Ahora sabían nadar. Y les iba bien.

Las sonrisas eran las mismas, los paseos de la mano eran los mismos, los secretos de las sabanas eran los mismos, pero al poco tiempo descubrieron que los corazones no eran los mismos, y que algunas historias son hermosas a pesar de no tener un final feliz.

Compartieron una sonrisa cómplice, y no fueron necesarias las palabras. Le dio un beso en la mejilla, antes de irse, y ella se permitió derramar una lágrima, antes de trancar la puerta.

Sentada en la cama, con el vestido que alguna vez se compró para el, comprendió. Y en el reverso del cuaderno de clase, rebosante de apuntes y textos de medicina, escribió su primer diagnóstico:
              
                       “Nunca fue amor” 

viernes, 6 de julio de 2012

Claro de luna


Te recomiendo leer escuchando.



En una danza lenta los encontró la noche. En el cariño del abrazo se dejaban llevar por la música, en un armónico vaivén. Los ojos de ambos, cerrados, en algún lado se miran, se encuentran, se entienden. Y las miradas también bailan.

Por la ventana se cuela tenue la luz de la luna, se esconde entre las cortinas para no molestar. Caen lágrimas. De felicidad o de tristeza, da igual. Ninguno de los dos se detiene a pensar. Se olvidan del mundo por un segundo, de todo el estrés, la tensión, la crueldad y la injusticia del mundo, por un segundo. Lo único que existe ahora es el amor, y el amor es movimiento.

Adentro, todo blanco, lento, todo. Solo resuena la música, el movimiento es inercial. Los matices de todo, se ausentan. No resuena el eco de ninguna voz interior, ninguna idea corta el fino hilo que sostiene la serenidad del momento. El tic tac desaparece, para siempre. El momento se convierte en eterno. Y bailan para siempre.

Con pena el pianista alcanza la última nota. Se hace silencio, de cristal. Baja la cabeza, guarda la foto. Vuelve a desear que hubiese sido para siempre. Y apaga la luz.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ferroviaria


Ahh…Mauricio - Recuerda - siempre tan vivaz, tan alegre, tan lleno de vida. No había nadie en el pueblo al que le cayera mal. Todos lamentamos muchísimo su perdida, fue un día de mucho dolor, muchísima gente vino a hablarme sobre el, sobre como había influido en su vida. Él era muy especial, todo el mundo le conocía, de aquí o de allá, había compartido seguramente, alguna charla, algún mate, en algún momento. Su sola presencia tenia un aire de serenidad, nunca lo vi alterado por nada. Siempre me tomaba de la mano, y conversábamos del día, de esto u aquello, de nada y de todo. Lo amé, con todo lo que ello significa.

El rostro de Elida se va perdiendo en el infinito, junto con su voz. El silencio crece y yo acompaño, la dejo disfrutar del momento. Ella en la cara, un aire de felicidad, a pesar de toda la tristeza de su relato. Noto que se acomoda contra una esquina del sillón, y apoya su cabeza contra la ventana, como si en el recuerdo le diese lugar al recuerdo para que se acomode junto con ella. Elida mira para afuera, en silencio, en su cara se dibuja una sonrisa, con aire a pasado. De seguro ha de estar reviviendo sus memorias. Respira hondo, y sigue:

Si había algo que le apasionara, eran los trenes. Yo lo conocí ahí, sabias? En la línea 16, yo la tomaba los lunes, para ir a Montevideo, una vez por semana iba para entregar un informe a la cooperativa. El por su parte, viajaba mucho, casi todos los días, a veces por negocios, a veces por pasión. Era como su casa, pasaba muchas horas viajando. Coincidimos un día en el asiento. El tenia ventana, pero me la cedió, por que según decía, el pasillo era un asiento mas sociable, se podía conversar, sin embargo el que va en la ventana, se distrae mirando el paisaje. Así como se sentaba se ponía a conversar, cada persona tiene su historia, decía, y él había escuchado tantas, tantas, que su historia se convirtió en eso, él era un oyente, una enciclopedia. Su sapiencia crecía viaje a viaje, y cada vez que me lo encontraba, parecía más satisfecho de la vida. Tenía una capacidad increíble para aconsejar, parecía que pudiese prever el desenlace de cada historia, con una exactitud sobrehumana.

Claro que no era cosa de todos los días encontrarlo, era un tipo muy solicitado, sobretodo por los más jóvenes, muchas veces me subí al tren y alrededor suyo había 5 o 6 personas, y entonces me sentaba en el fondo, tranquila. Y sin que me diera cuenta, en el transcurso del viaje, se las arreglaba para dejarme una flor, un caramelo, o algún detalle sobre la falda, y yo sabía que estaba a mi lado. Al llegar a la estación siempre me venia a saludar, y yo no podía esconder la vergüenza. Elida ríe, mira hacia abajo como si esa vergüenza perdurara, muerde los labios y apreta su mano. Vuelve a reír y me ofrece té, y se marcha a la cocina.

En este tiempo he escuchado muchas historias sobre Mauricio. Todos en el pueblo parecen quererle. A todos parece haberles ayudado de una u otra forma, ya sea con consejos, ideas, gentilezas. Como si todos hubiesen aprendido mucho de él. Pero Elida, a diferencia del resto, cuenta sus memorias de una forma mucho más personal, cálida. Su voz armoniza con el silencio, y pareciera que cobran vida los recuerdos en ese sillón.

Vuelve con una bandeja cargando una tetera con dos tazas, y mientras me sirve me cuenta alguna historia sobre el té, y sus propiedades, y le sigo la corriente para distenderla un poco, no sé que tal le sienta hablar de su pérdida. Luego de un par de comentarios, y entre risas, me doy cuenta que no es la misma mujer que me estaba relatando historias hace unos minutos. Haciendo una pausa, le pregunto

-  Lo extrañás mucho, no? –

Ella se recuesta sobre su sillón, sonriente, aprieta su mano y me dice “El siempre encontró la forma de estar conmigo, y yo siempre quise estar con el”

El sol de la tarde, se cuela de a rayos por entre las rejas de la ventana,  y con la lentitud extrañada, mi mirada recorre, el sillón, donde ahora son dos, los que están sentados, sonrientes, como si no hubiese habido tiempo, ni nada, que los separase. Como si el amor que juntos se tenían, hubiese valido más que todo. Y aunque sé que ese momento no lo viví, fue real, la historia del hombre de las historias, de infinita sapiencia, como no supo haber otro, se paró y me dijo al oído, “vivirás cuanto dure, en desaparecer tu memoria”, cerré los ojos y para cuando los abrí, ya no estaba, sólo Elida inmutada en su sillón, con la sonrisa todavía dibujada en el rostro, la mano apretada, y una flor en la falda.

jueves, 3 de mayo de 2012

Reversible


¿Que se podría decir de el? Un hombre feliz, de sonrisa fácil. No había sola vez en que se lo viese preocupado, molesto o estresado. Sobresalía del resto, se notaba su presencia en cualquier lugar, mirando siempre adelante, sacándole pecho a la vida y dejando a su paso, un perfume que olia a colores.

Tenia un reloj, que consultaba bastante seguido. Tenia una manecilla sola, y un pequeño cuadro con un número. Contaba las horas, desde su nacimiento. Una tenue campanita indicaba cada vuelta de reloj. Y con un leve movimiento, consultaba el tiempo, una más, decía, y renovaba la sonrisa que vestía su rostro, respiraba aliviado, y seguía con su día.

Recibió un día una cita urgente, una dirección marcada en una tarjeta era toda la información disponible. Lo meditó unos minutos y se decidió a ir. Al llegar a la dirección indicada, una puerta blanca tenia un cartel con su nombre, y le pedía que por favor pasara. Al entrar, encontró un decorado gris, un ambiente sombrío y un piso frió, que alojaban a un espejo. Al mirarse en el, encontró a un hombre pálido y funesto, que lo miraba con unos ojos que creyó, por un segundo, eran suyos. Pensó en como seria la vida de ese hombre, sereno, tranquilo, solo con sus pensamientos, sin tener la presión de ser el alma de todo lugar al que fuese. Lo envidió. Esbozo una sonrisa, pero aquellos ojos le devolvieron una mueca de tristeza. El reloj dio una vuelta en reverso, pero el nunca se entero. Se vio a si mismo hundido  en la oscuridad de aquel cuarto, todo culpa de aquellos ojos. Odió a aquel hombre, se dio media vuelta y se fue.

-o-

¿Que se podría decir de el? Un tipo amargado, estresado. Le costaba ver la mitad llena del vaso. Tenia la cara cansada, la mirada caída y el caminar encorvado. Era casi intrasendente, su presencia solía no ser del todo recordada. Su voz, árida, seca, sembraba sed en los escuchas, que solían no ser muchos.

Tenia un reloj, que consultaba bastante seguido. Tenia una manecilla sola, y un pequeño cuadro con un número. Contaba las horas, para su fallecimiento. Una tenue campanita indicaba cada vuelta de reloj. Y con un leve movimiento, consultaba el tiempo, una menos, decía, bajaba la mirada, y seguía con su día.

Recibió un día una cita urgente, una dirección marcada en una tarjeta era toda la información disponible. Lo meditó unos minutos y se decidió a ir. Al llegar a la dirección indicada, una puerta blanca tenia un cartel con su nombre, y le pedía que por favor pasara. Al entrar, encontró un decorado colorido, un ambiente vivido y alegre y un piso de lo que parecía ser pasto, que alojaban a un espejo. Al mirarse en el, encontró a un hombre bronceado y alegre, que lo miraba con unos ojos que creyó, por un segundo, eran suyos. Pensó en como seria la vida de ese hombre, algarabía por todos lados, celebraciones, saludos por la calle, sin la presión de los peligros que rondan el día. Lo envidió. Esbozo una sonrisa, pero aquellos ojos le devolvieron una carcajada. El reloj, dio una vuelta en reverso, pero el nunca se enteró. Se vio a si mismo hundido en la vivacidad de aquel cuarto, todo culpa de aquellos ojos. Odió a aquel hombre, se dio media vuelta y se fue.

sábado, 21 de abril de 2012

Gestación


-Me asignaron tu caso, los de luminosidad- comenzó diciendo. Ella seguía ahí, parada, atónita ante la presencia de semejante ser. Era flaco, alto, blanco. Tenia sobre la cabeza un extraño brillo, producido por la lampara que levitaba detrás de su cabeza. Vestía los arapos mas hermosos que alguien puede desear, y su voz tenue y pausada, daba la sensación de bienestar.
Es un proceso bastante siempre - prosiguió - y muy usado estos días. A alguien en la central le interesa que vos pienses diferente del resto, entonces manda a uno de nosotros, a corregirte. Básicamente te sigo a todos lados, hablándote al oído. Te voy a decir lo que esta bien y lo que esta mal, hasta que aprendas a hacerlo por tus propios medios.

Hizo silencio, mordió una manzana y tomo asiento, no tenia mas nada que decir por el momento.
- Y si no aprendo? - pregunto la muchacha, sin subir la mirada fija en su vientre, donde sus dedos se escondían entre si buscando canalizar el shock del momento.
- Lo vas a hacer, así esta estipulado, así esta escrito, pero de eso no te puedo decir mas nada.-
Se produjo un silencio solo interrumpido por el masticar de la manzana.
-En ese caso, creo que no tengo alternativa- dijo la muchacha guardando sus dedos con sus respectivas manos en los bolsillos. Se paro, y se acerco al hacedor para que le instalara la bombilla flotante. Cuando hubo terminado, no sintió mas que un leve tirón en el pelo, que con el tiempo se le haría habitual. El ente por su parte, termino de un bocado lo que le restaba de manzana y se puso a trabajar.

Por los siguientes días, la acompaño a todos lados, en silencio. Solamente la veía actuar. Anotaba en una libreta, pequeñas titilaciones que la bombilla tenia de cuando en cuando, y algunas notas puntuales sobre la personalidad de la muchacha. Ella, por su parte, se sentía potenciada. Se sentía poderosa, capaz de todo, fuerte, confiada. Empezó a seguir sus emociones como no había hecho antes.
Al poco tiempo, el hacedor comenzó a comprender como pensaba la muchacha, al punto de que preveia sus pensamientos, y entonces, empezó a darle las indicaciones pertinentes. "no, eso es egoísmo", "arriba, no seas vaga", "cuidado, te estas dejando llevar" entre otras advertencias y ordenes,  que la muchacha siguió al pie de la letra.

Las ordenes fueron aumentando, en rigor e intensidad, hasta cierto punto, en el que comenzaron a decaer, y decaer, hasta ser casi inexistentes.
- Ya esta? ya brilla continuamente? - pregunto la mujer que, claro, no podía ver su propia lampara.
- Si, ya esta. Ya sos una portadora de la luz- le contesto sonriente el hacedor.
Se hizo el silencio.
- Por alguna razón lo sabia. Me siento completamente diferente. Me siento enérgica, positiva, fuerte, pero...no soy yo. Me quitaste lo que tenia de especial para transformarlo en una copia de tus ideas. Soy una portadora de luz, no soy mas la persona que era. De que me sirve este brillo si me convierte en esclava?

El hacedor sonrió.

Recién en ese momento, la luz se prendió, fuerte e incandescente, y en su libreta pudo anotar "Aprobada". El abrió sus alas, y comenzo a asender en el aire.

Ella esbozo una sonrisa casi mueca, mirándolo a la cara y le dijo
- La puta que te parió.

miércoles, 28 de marzo de 2012

"Los libros fantasticos..." (corto)


Muy bueno, les recomiendo que lo vean. Abrazo a todos, me voy a leer. Que sus vidas nunca carezcan de color.

martes, 20 de marzo de 2012

Los portadores de luz



Desde chicos los agarran. Con las mentes flácidas, vulnerables, moldeables. Con la paciencia y dedicación de un orfebre del mejor calibre, logran forjales ese carácter de campeón, ese pecho firme, esas caras que no tienen miedo, esas frentes que no bajan ante nada, esas alas que no temen volar alrededor del sol. Y así arrancan ellos, volando cada vez más alto, aunque solo sean centímetros, kilómetros te dirán que son. Ven caer las gotas de su frente, pero no es sudor, no, es orgullo lo que corre por sus mejillas. Los portadores de luz van por la vida desbordando colorido, sobrevuelan el trillo de los tímidos paseantes, que sin muchos anhelos viven los días jodidos, se quejan de la demora de los ómnibus, y de lo mucho que falta para cobrar el sueldo. Ellos, sin embargo, ignorantes de la vida allá abajo, van soplando su mágico polvo de laureles, éxitos y felicidad, (casi sin saber lo que eso significa), pincelan las calles con sueños que casi son realidades, es una feliz coreografía verlos volar por entre las nubes. En su juvenil mirada cargan con más ilusiones de la que en tu vida llegarás a tener. No dan corte a los problemas de los mortales, te muestran la felicidad de la vida que llevarán, de éxitos y logros increíbles. Es hermoso, y envidiable, tener la suerte de poderlos ver.

¿Nunca tuviste la suerte de conversar con un portador de luz? Casi sin quererlo entran en tu alma, te la llenan de colores, guirnaldas, esperanzas y sueños, que olvidaste que tenías. Se te desvanecen los problemas, el tiempo se desdobla, y el futuro es hoy, y la montaña de la vida se dibuja de tus pies hacia abajo, hasta parece, que te falta el aire, de tan alto que estás. Pero, como toda droga es traicionera, antes de que te des cuenta, se va ese enceguecedor faro de alegría, quedan solamente ecos de esa voz que te hacia levitar por entre los cielos y la montaña a tus pies se convierte en vacio y caes, caes y caes y seguís cayendo, hasta el lugar exacto donde estabas. Lo que no es malo, para nada, pero luego de tocar el cielo con las manos, la tierra es un lugar casi deprimente. Los sueños que tuviste en la mano se vuelven a romper, las glorias que colgaban de tu pecho se caen y se desvanecen, y la realidad emerge desde su escondite y te abraza (te extrañó, pobre, si la dejaste de lado como a un chiche viejo) y sin quererlo, tú misma realidad de hace un rato, te gusta menos.

Que tipos de mierda los portadores de luz.

Pero mientras vos puteas su existencia, ellos envidian la tuya. Hoy no, mañana tampoco, pero los portadores de luz están condenados. Cargar el brillo que ilumina a la humanidad que camina por debajo los ciega, y el mínimo pretil en el camino se convierte en una muralla, infranqueable, impenetrable, y se dan. De frente y sin anestesia. Se quiebra en mil pedazos el faro, y así quedan, tumbados, mareados y cegados. Al costado de la vía, donde los paseantes inmunes caminan mirando sólo hacia adelante, a veces hasta con miradas de desprecio hacia los cuerpos tendidos. Se levanta alguno, de vez en cuando, con la ayuda de algún mortal, que le limpia los vidrios rotos, le cambia los ojos quemados, y le enseña a ver, con los ojos de caminante. Y poco a poco los resucitados, emprenden la marcha eterna, de la lucha y el esfuerzo, de los objetivos claros, de los sueños para la noche y la realidad para el día, de esperar alguna noticia en el diario, seguir atentos alguna otra en el informativo, de preguntar como salió aquel cuadrito del barrio, a preguntar como esta de salud Doña García, y sobretodo aprenden a mirar con indiferencia, a esos focos de luz, que supieron ser, a esos seres de positivismo, que tuvieron dentro, y se limitan a una existencia mucho más simple, pero mucho más placentera, sabiendo ahora sí, lo que significa ser feliz, y lo cerca que queda. Lo lindo de las cosas simples, la recompensa de seguir los sueños desde abajo, y el orgullo de enseñarle a un hijo, a caminar siempre, y a no volar nunca.

lunes, 12 de marzo de 2012

Perspectivas


Seis metros bajo tierra, todo parece más oscuro de lo que en realidad es. Y no es que estuviera ahí, sino que, como mencione, todo parece más oscuro de lo que en realidad es. Y fue. Fue muchas cosas pero lo que mas fue, sin dudas, es exagerado. Hablo parado al nivel del mar, por supuesto, no es que me cegue la oscuridad todavía. De un salto volé hacia las nubes, veía todo alrededor, veía hacia atrás, las cosas como eran, y veía hacia adelante, con claridad. Pero caí, otra vez, porque desde arriba, todo parecía más brillante de lo que en realidad es. Y lo fue. Y caí. Y solo entonces, habiendo bajado y subido, comencé a caminar viendo solo lo que tengo en frente, tratando de ver con los mejores ojos la realidad del hoy, disfrutando del paisaje que me presenta la trilla, y sobre todo, disfrutando de la compañía, de todos los que caminan a mi lado (que a veces, por ver hacia adelante, se los deja fuera de escena)

lunes, 27 de febrero de 2012

Vuelven.


( … ) Los madrugones, las mañanas somnolientas, las caras de cansados, las horas que no pasan, el hambre a mitad de la clase, los almuerzos clandestinos, las tardes con cuadernos, los libros que pasean, las gomas que ensucian escritorios, las tardecitas con bizcochos, el cansancio y la falta de siesta, el estrés de la semana, los relojes que no se mueven, los días que se van tachando, los viernes de armar bolsos, los viajes esperados, las tardes del pueblo de vuelta, las nostalgias, los te extrañé que se dicen sin decirse, las salidas con amigos, el relax en el estrés de la noche, los domingos de pereza, las levantadas mal dormidos, los abrazos maternales en la terminal, los ojos que se miran con dulzura, extrañándose ya, las caras de los nómades que se entienden sin conocerse, las noches en tres cruces, las pequeñas despedidas entre sueños, las caminatas de vuelta a la vida, las llegadas tarde a casa, los madrugones, las mañanas somnolientas ( … )[1]


[1] Falta de puntuación adrede.

lunes, 13 de febrero de 2012

La espera

Sacó un papel, en medio de las penumbras. Tachó una de las marcas con tinta, lo volvió a guardar y se durmió con una sonrisa.

martes, 31 de enero de 2012

Al oído


Con cada palabra revivía su recuerdo, en cada silencio la sentía respirar a su lado. No le decía mucho, solamente quería escucharla. Que su voz dibujase en la penumbra su figura, y que se olvidara por un rato de que no la tenía. Que su risa distante le transportara a otro lugar, a otro momento, real, también, pero diferente. Que aquella mágica conexión lo llevase a la deriva, a un mundo en el que estuvieran juntos. Y así como si nada se dejo perder en la simpleza de la conversación, y su mente volaba, de aquí para allá, jugueteando con la de ella. Como si estuviesen juntos.

Se despidieron, colgó, y apago la luz.
Volvió a la realidad, y no la vio a su lado, y no la escucho en el silencio. Bajó la mirada, y se perdió entre la penumbra de sus recuerdos.

viernes, 27 de enero de 2012

Vinténes


El sol del mediodía estaba pegando fuerte, en el balneario. Entro en el almacén una mujer, joven, flaca, alta, encorvada. Tenia el pelo como una escoba, ojeras de sueño y una extraña mirada, profunda, que desentonaba con el resto de su imagen. No dijo nada y se dedico a mirar las bebidas de la heladera, ante la atenta mirada del joven que atendía el mercadito. Saco de su arapienta camisa un puñado de monedas, que contó reiteradas veces. Busco entre los casi descocidos bolsillos del pantalón hasta encontrar un par mas, que añadió al monton inicial.  Saco una botella, bien fría. Giro para dirigirse a la caja y se encontró que desde la caja el muchacho la miraba casi que con cariño. Sintiéndose descubierto, se ruborizo y esbozo una sonrisa que ella correspondió. Apoyo la botella en el mostrador y dejo todas las monedas a su lado. El, con una mirada de complicidad, separo un par de monedas del monton, y le sonrió otra vez
Me estas cobrando mal – le dijo, esta vez sin corresponder a la sonrisa
No, no, asi esta bien – contesto el almacenero, insistente.
Ella se incorporo, frunció el ceño y olvidando la amabilidad contesto tajantemente:
No, me estas cobrando mal.
Y agarrando la botella, se fue dejando a  todas las monedas y a una mirada extrañada, perdidas en silencio de la tarde calurosa

lunes, 16 de enero de 2012

El novelista


El novelista está sentado en un bar, como acostumbra. Se pide un trago fuerte, para ir desinhibiendo las pasiones. De fondo se desangra una guitarra llorando un blues añejo, un par de viejos se conversan en la barra, un cartel mugriento pide que no se fume, y dos amantes se esquivan las miradas, varias mesas más atrás.
Apagado y frio, el bar se va convirtiendo en la escena principal de su novela, y casi sin quererlo los personajes van entrando en juego.
Los viejos hablan de amores perdidos, fantasea el novelista en sus escritos, mientras en un abrazo se estrechan los señores, agradeciéndose la compañía, y mirando al techo se sumergen en recuerdos.
Pero el novelista no se da cuenta, todavía. Su corazón herido y borracho se limita a derretir penas en el papel, a llorar sentimientos sobre esa historia, a pedirle explicaciones a sus propias ideas. Imagina un bar en silencio, donde el único sonido sea el chocar de los vasos contra la mesa. Levemente el volumen del blues va bajando, hasta callarse, como si estuviese atendiendo a lo que estaría por pasar. Los amantes se miran, por primera vez. El novelista escribe palabras de arrepentimiento.
Perdón, se que estuve mal – dice el hombre, a punto de quebrarse.
La mujer, y su respectivo personaje quedan en silencio. Cada una con su amante, comparten la historia, y el novelista quiere que compartan el destino, su destino.
Una de las mujeres grita, enojadísima, reprocha y reprocha cosas. El hombre se limita a pedir perdón una y otra vez, llorando. Ella también se quiebra, de rabia, toma un cuchillo y se lo clava en el pecho. Nadie en el bar mueve un pelo. Llorando, la mujer se va. El novelista se siente culpable, los ojos le quedan vidriosos.
Lentamente levanta la vista del papel, y ante su mirada atónita, los amantes se están comiendo en un beso dulce y pasional.
El lápiz cae al suelo, la novela termina.
Las historias con distintos personajes, nunca terminan igual.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad


Así que me decidí a escribir un texto sobre la navidad. Que sea emotivo y tocante como la navidad es para mí…ups…no va a ser tan emotivo y tocante, pero voy a hacer el esfuerzo.
Que decir entonces de la navidad? No, no es una noche más. Se pasa bien, se pasa bárbaro en verdad. Pero no es tanto lo que se ve, lo que se dice, sino lo que está implícito en el ambiente. Lo que todos saben pero es como demasiado obvio para decir, pero lo dicen. No con palabras, no, con gestos, uno se puede quedar sentado en un rincón viendo a la familia y/o a los amigos hablar y actuar, y alegrarse. Por que se están diciendo: “uh, que suerte que viniste”, “que bueno pasar con vos”, “que bueno estar todos juntos de vuelta” aunque en si estén todos hablando de política y economía finlandesa.
Y también se regalan cosas, y digo se regalan porque nunca le regale a nadie más que un dibujo, soy la peor rata de navidad, pero en fin, no viene al caso. Un solo objeto material con el que te dicen “que alegría haberte tenido”, “que bueno verte contento” o también “si, me acorde de eso que querías, disfrútalo”. También en algunos casos se puede dar el regalo que dice “estuve pensando en vos”. Porque además, no solo son regalos materias que se dan, es más, los mejores regalos no son materiales. Un simple saludo, un gesto de afecto puede ser más que suficiente para pasar bien en navidad.
Entonces no, no es una noche mas, no es una festividad mas, es emotiva, delicada, disfrutable.
Y además podes tirar cuetes después y volver a tener 5 años mirando al cielo.
Seguramente queden un montón de cosas para decir, un montón de temas que no toque, como por ejemplo como odio el pan dulce (Ale, queda para vos que te dedicas a criticar las cosas) Pero yo creo que lo único que me resta decir son dos cosas:
A los que me leen, que pasen una Feliz Navidad.
A los que leo, que pasen una Feliz Navidad.

Subrayo: El mejor regalo no viene adentro de un paquete, con moña y papel colorido

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Epico


El escudo en una mano y la lanza en la otra. No cesa la batalla. Duelen las heridas, duelen un montón. Arde el sudor, pesa la armadura. No aguantarías un solo golpe más. En un desaforado empujón te abrís espacio, y miras hacia adelante. Ahí está tu líder. Ese ser sobrenatural, que es más grande que todos, más puro, mas fuerte. Brilla su armadura, pega sus golpes cargados de coraje, valentía. Se da vuelta y te mira, y ese gesto basta. Basta para curar tus heridas, basta para borrarte el cansancio, basta para quitarle al mundo el peso de tus hombros. Y de algún misterioso lugar, vuelve la fuerza, vuelven las ganas, de seguir en la batalla. Porque no hay honor comparado a luchar a su lado, no hay vergüenza suficiente que explique abandonar la lucha en el bando de semejante ser. No hay orgullo más grande que sentirlo palmar tu espalda cuando cae la noche, o poner dos monedas en tus ojos, si así lo requiere la situación.

Se logra seguir, se logra dejar todo en el campo, y cae la noche. Y termina el esfuerzo, por hoy al menos. Miras al piso, ves tu sangre caer y mezclarse con la arena. Vale la pena, por esa palmada, por ese saludo final, todo vale la pena. Pero esta vez no llega. Y pasa el rato, y no llega. Buscas la seguridad de sus ojos en los alrededores. Pero no aparece. Sin embargo un leve sonido extraño te perturba los oídos. Como un sollozo. Lo seguís hasta unos árboles, al costado del campo, y entonces lo ves. Ahí está el, derrotado, vencido, cansado, adolorido, llorando de dolor. Con una mano se agarra la herida en el pecho, y con la otra trata de vendársela. Esta destruido, como lo hemos estado todos nosotros estos días. Nunca nadie se dio cuenta. Le das una mano y te lo llevas en andas. No habrá palmada hoy. No habrá. Sin embargo, se siente más que nunca la valentía, el coraje, el honor, de luchar a su lado.